miércoles, 22 de febrero de 2012

modificación de volumen, dilatación del instante

"Jálale, crécele, estírale, róbale
híncha la esencia de como crecer...
contra el tiempo."

Prometí en una entrada anterior escribir sobre esto. Pero ahora que empiezo a pensar casi no encuentro las palabras adecuadas.
En la nota acerca de las intersecciones y los puentes mencioné que para ejercer la intersección con la naturaleza voluntariamente, es necesario saber regular el propio volumen. Con volumen no me refiero a la dimensión física del sujeto en cuestión, sino a su impresión de la misma. A veces la conmoción ante el mundo se da de una manera en nuestra subjetividad que tenemos la sensación de que ese tiempo en que sufrimos tal conmoción, escapó del tiempo o de aquello que podría llamarse como tal. Es como si en una sucesión de segundos, en una sucesión de latidos vividos continuamente; aconteciese un segundo engordado, crecido. Este suceso al que quiero llamar "instante", es una unidad temporal dilatada que rompe la cadena, revienta el momento. Generando en la rajadura un globo de vida, no cifrada y bruta.
Si el tiempo es transcurso, el instante no puede ser entendido como tiempo, sino como la consecuencia de algo que hace caer la continuidad del devenir en la conciencia de un sujeto. El instante crecido carece de continuidad y por tanto es eterno. Es la muerte real, infinita, que irrumpe contra la cadena de unidades equivalentes aniquilando la historia. Vivir un "instante" es experimentar la muerte.

La vivencia de este tipo de sucesos debe servirnos para anclarnos adecuadamente en la tierra. Si mencioné esto en la nota sobre puentes e intersecciones fue para aclarar que no debemos quedarnos en la mera vivencia de los instantes. Ellos deben permitirnos una buena inmersión en la naturaleza (Más adelante hablaré de esto). Cuando el propio volumen sufre accidentes de este tipo es cuando el sujeto descubre la potencia reguladora del mismo. Debemos llegar a andar "en" la tierra, no "sobre" la tierra que es lo usual hoy en día.
Debemos ser serpiente que repta, corriendo cada poro de alma.
Debemos habitar.

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